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martes, abril 25, 2006

ESCRIBO PARA PERTENECER

Mucho se ha hablado de Elena Poniatowska en las úlitmas semanas, ¿Que si es una verdadera intelectual?, ¿Que si no esta bien que un intelectual participe en un spot publicitario?, ¿Que si la santifican?, etc. En verdad no podría describir cual ha sido su aportación al intelecto humano, en el estricto sentido "intelectual" es quien con su trabajo cultiva las ciencias y las artes, aunque tambien se reconoce a quien por sus criticas al sistema, logra liderear la opinión de un grupo.
Creo que "Lider de opinión" seria un mejor calificativo para Poniatowska y como todos los lideres habra quienes la sigan y otros que no.
Ahora que lo que si es imperdonable es que se le critique sin conocer su obra como le sucedió a Manuel Espino, presidente del PAN que reveló su endemica pobreza intelectual y política, misma que abunda el la derecha católica mexicana de la cual el PAN en gran parte es heredero. Por este motivo les dejo aqui la autobiografía de la Poniatowska para todos los que les interese la vida de esta señora y que hoy defienden reconocidos escritores de todo el mundo de la talla de Saramago y Savater, para mas información ver este artículo.


Escribo para pertenecer. Mi familia, por el lado de mi madre, abuela, bisabuela tomaron siempre muchos trenes. Perdieron su hacienda durante la Revolución y vivieron en Biarritz, luego en París y finalmente su casa se llamó "Fairlight", en Inglaterra, "Fairlight" y no "Wuthering Heights," que me hubiera gustado más. Viajaban de Karlsbad a Lausanne, de Marienbad a Vichy, para "tomar las aguas". Bajaban en una estación, permanecían una semana, volvían a subir al tren. Veían empequeñecerse al guardagujas, su linterna volverse luciérnaga. A Mamy-Grand, quien fue una viuda joven, la llamaron la Madonna de los Sleepings por tomar tantos, tantísimos trenes, siempre vestida de negro, su garganta muy blanca y su escote iluminando la negrura de sus velos luctuosos y crepés de China. Más tarde en México habría yo de detenerme en la calle Venustiano Carranza frente a un aparador que vendía ajuares para el estado ideal de la mujer: la viudez. Jamás me probé un vestido de novia, pero de viuda sí. Ahora las viudas andan muy sin chiste, antes andaban como quiere Jaime Sabines: "Hay un modo de que me hagas completamente feliz amor mío, múerete."

Las compañeras de viaje de Elena Yturbe de Amor eran tres niñas enlistonadas, ensombreradas, olanudas, amponas, sus caritas perdidas entre borbollones de tira bordada: Biche, Lydia y Paula mi madre, y la nanny tras ellas en las fotos también cubierta de almidón y crespones. Mamy-Grand llevaba consigo su samovar (porque mi bisabuela Elena Idaroff fue rusa) así como sus sábanas de seda para ponerlas en las camas de hotel. No es que fuéramos gitanos, aunque hay algo de eso en nuestra sangre.

De la dulce Francia, la tierra de los jardines como pañuelos (lieu commun) y de verduras verde-tierno que caben en la palma de la mano (también los chícharos son perlas) vine a una llanura inmensa rodeada de volcanes que todavía hacen erupción y zopilotes que vuelan en espirales hasta que se clavan en el esqueleto de un pobre burrito; vine a una tierra de maíz duro y amarillo como grandes dientes que las mujeres muelen en una piedra para hacer tortillas.

No sólo el metate y el molcajete sino muchas cosas en México eran de piedra, la expresión en los rostros, las casas sin ventanas que parecían pequeñas pirámides vueltas sobre sí mismas. Mis ojos a punto de reventar intentaban alcanzar el horizonte. Los magueyes verde oscuro venían marchando a paso de ganso hacia nosotras como soldados alemanes. Era un país temible y esplendoroso, desde lo alto podía verse el valle atravesado por un trenecito, su humo de lápiz de colores, el único juguete dentro de la vastedad del paisaje. Supe que quería ser parte, meterme dentro del cuadro, pararme en lo alto de la montaña, "niña al borde del precipicio" y que así me pintara el José María Velasco del Siglo XX.

Un modo de pertenecer es oír, ver rostros y asumirlos, adentrarlos en uno mismo, mirar regazos, manos; frecuentaba la cocina caliente y olorosa a especies, cuando tostaban el chile, tosíamos, me encargaron vigilar el hervor de la leche siempre a punto de derramarse. Seguía a Felícitas a la azotea (las azoteas son el reino de las sirvientas) donde lavaba su pelo largo, largo, con chichicastle, una hierbita verde y espumosa, por años la acompañé al mercado. Me sentaba en las bancas de los parques a esperarla mientras besaba a su novio. ¡Ah cómo duraban esos besos! Me daban una enorme curiosidad su vida, el pueblo que dejaron para venir. Una de ellas, Epifania, tenía ataques de epilepsia que me aterrorizaban sobre todo porque no quería que nadie se enterara. "Si lo sabe la señora, me corre." Más tarde cuando leí a Dostoievski me encontré en terreno familiar y lo amé aún más.

Intuí a México a través de las criadas, ese sistema de explotación que aún perdura en los países de América Latina y consiste en que los ricos disponen de los más pobres, antes peones acasillados, pertenecientes a la hacienda, ahora criados porque muchos se criaron en la casa y no tuvieron más salida en la vida que la entrega a sus patrones. En Francia me acostumbraron a obedecer, a acabar todo lo que me ponen en el plato aunque me haga daño. Junto con las buenas maneras, bebí el sometimiento.

Ellas, en algún espacio dentro de su cuerpo, quizá en su cabello destrenzado, son extraordinariamente libres; se van en el momento en que quieren. Y al lado de la cotidianidad de ajos y cebollas tienen una vida misteriosa y mágica, que se desarrolla en un terreno inaccesible, arrogante, tan altanero como puede ser el de los cebados patrones. Cuando Cortés llegó a Tenochtitlán, extendida en canales sobre el agua en el valle más hermoso, el más inesperado, la feérica visión de Anáhuac, la región más transparente de Alfonso Reyes, los indios conocían las propiedades de las plantas mejor que cualquier occidental y se comunicaban con el más allá; había mucho de sobrenatural en su razón de ser. Hoy, en mi país no se necesita ser muy rico para tener a su servicio a otro ser humano que hace las veces de washing-machine, garbage-mixer, salad-mixer, drying-machine, vacuum-cleaner y bed-maker y aún contesta con voz humana y da las gracias cuando recibe su pequeño sueldo. De niña, su vida y sus milagros me interesaron prodigiosamente porque no guardaban las distancias formales ni las convenciones de los maîtres d'hotel y los chefs europeos. Al contrario, el descubrimiento de México lo hice a través de ellas y ni Bernal Díaz del Castillo tuvo mejores guías. Rodeada de Malinches pude internarme en un mundo desconocido: el de la pobreza y los paliativos a la pobreza; los tés y las pócimas contra los dolores del alma, las hierbas contra el aire constipado, el eucalipto que despeja los pulmones, el amargo te de toloache que dicen enloqueció a la Emperatriz Carlota quien intentaba salvarle la vida a Maximiliano, ese Maximiliano que mi madre ama porque no solo dijo: "Soldados, apunten al corazón" sino que miró el cielo azul fuerte de Querétaro y añadió que le parecía bien morir en un día tan bello.

Si mi familia iba todos los I9 de julio a una misa a la Profesa para Maxililiano, sin saberlo las sirvientas me dieron una versión de Benito Juárez; todas eran Benito Juárez. Como él, se reinvindicaban: "Cochinas extranjeras". Como él, defendían a México, y eran más tercas que una mula, como él eran unas arrimadas y habían comido todo lo más pobre y para mí, niña de puré de papa a la francesa, descubrirlas fue adentrarme en "el otro." Siempre he querido perderme en los otros, ser de los otros, igual a los otros. Siempre son los demás quienes tienen la razón, los otros quienes tienen la llave del enigma. Mi capacidad para entrar en la vida de los demás, desde entonces, ha sido ilimitada, al grado de que no sabía ya recogerme, acinturarme, mucho menos definirme. A la fecha, si pregunto tanto es porque no tengo una sola respuesta. Creo que moriré así al acecho, un signo de interrogación bajo los párpados.

Porque las criadas cantaban, quise ser igual a ellas. Valientes, cantaban a la hora del quehacer, cantaban al ir al mandado, venían de la feria de las flores al regresar con el pan, mientras lavaban la ropa se les aparecía la rosa huraña. Ariscas quería yo domarlas, quitarles las orejeras, montarlas, que me quisieran, penetrar en su misterio que nada tenía que ver con el de mi madre, mi abuela, mi tatarabuela. "Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones."
Por sus canciones llegué a la idea de que el amor era un duelo, una danza apache, una pelea de box a dieciocho rounds, los hombres iban a la cantina a tomarse la última copa, las mujeres eran perversas, hipócritas, cabareteras, tenían cara de serpiente y había que darles muchos tiros para acabar con ellas. Recuerdo una muy especialmente.

Vende caro tu amor aventurera.
Dale el precio del dolor
a tu pasado
Y aquel que de tus labios
la miel quiera
que pague con brillantes
tu pecado.

Más tarde habría de oír la canción gringa: "Diamonds are a girl's best friend," y la otra "Hey daddy, I want a diamond ring" pero nunca, nunca, se me ha antojado un diamante ni un abrigo de pieles porque ése sí lo tuve, era de mi abuelita que a su vez lo heredó de su madre la rusa Elena Idaroff. Color zanahoria y muy voluminoso, me envolvía retequete bien. Una vez, en la inauguración del Ferrocarril Chihuahua-Pacífico, en los sesenta, los periodistas bajamos a una explanada en la sierra en la que se le darían al presidente López Mateos los bastones de la mayordomía de los tarahumaras. Héctor García, el fotógrafo, me advirtió: "Ay Elena, mejor deje ese abrigo en el autobús, no vayan a darle un escopetazo". Todavía había osos en aquella sierra.

Las canciones de adolescencia fueron una de tantas pautas de mi crecimiento. Jesusa, la de Hasta no Verte Jesús mío decía que la palabra adolescencia viene de dolencia y que las historias de amor eran puras figuretas, desfiguros, figuraciones. Que no había que creerse de los hombres.
"Señora, ¿me da permiso de salir tantito a la calle?" Como ellas, salí corriendo a la calle, sobre todo después de dos años de convento de monjas en un pueblito de Filadelfia, Torresdale en que no había más posibilidad que la del estudio, puesto que los únicos dos edificios vecinos eran una cárcel y un asilo para locos (aunque una niña se las arregló para fugarse con un convicto). En México, me entregué al aprendizaje de la taquigrafía Gregg (que no la Pittman que es la buena) y a la mecanografía en una academia en los altos del Cinelandia que exhibía sólo películas del Ratón Miguelito. Después de verlas, salía yo a recorrer San Juan de Letrán plenamente identificada con él, (con el ratón y con San Juan).

En ese año de 1954 alterné los grafitti en los muros con los signos de taquigrafía y los dibujos que hacían en el aire los sordomudos que se reunían en las bancas de la Alameda y se comunicaban, sus manos como pájaros recortando figuras, tijereteando con sus dedos el espacio entre ellos. Dice Octavio Paz que la felicidad es una sillita para sentarse al sol y la Alameda siempre fue un surtidor de felicidad. Atravesarla, la bolsa al hombro, bajo los árboles añosos, pasar frente a la casa de los Azulejos y remontar la Avenida Juárez para subir al antiguo edificio de Relaciones Exteriores a tomar clases de Derecho Internacional y a enterarme de quién era Vitoria. Era una caminata estimulante. La gente; los globeros, los papeleros, los boleritos, el cilindrero, los acomodadores de automóviles: "Quebrándose, quebrándose, tantito a la derecha, tantito a la izquierda, quebrándose, quebrándose" unos golpecitos en el ala del coche que avisa los movimientos hasta "jefe, jefe, ya le dió usted un llegón al Ford, ya madreó al Ford" y la reacción del dueño:" Pues ahora no te doy nada, por pendejo." Me estallaba la vitalidad-felicidad por todos los poros y no sabía yo sino pasearla por la Alameda, San Juan de Letrán, Madero y Gante.

Ahora, que vuelvo a caminar, pienso al recorrer las calles: ¡cuánto de mí en estos rostros que no me conocen y que no conozco, cuánto de mí en el Metro, en los escalones que van acumulándose hasta emerger en la gran boca blanca de la luz, cuánto de mí en los últimos pasos fatigados de subir, cuánto de mí en la lluvia que encharca el pavimento, cuánto de mí en el olor a lana mojada, cuánto de mí en el óxido de las láminas, cuánto de mi en los camiones Colonia del Valle-Coyoacán que van a estrellarse y a formar parte del cosmos, en los grafitti de los muros, en el pavimento, en la tierra mil veces pisada. Cuánto de mí en esas bancas desgastadas, su pintura descarapelada, cuánto en la tlapalería, en la miscelánea, cuánto en todas esas inyecciones de testoterona, en esas repisas de farmacias polvosas, en esas jeringas que antes se hervían y contagiaban hepatitis, cuánto de mí en los letreros que colgaban a lo largo de San Juan de Letrán: "Se atienden toda clase de enfermedades venéreas", cuánto en los puestos de periódico, en la fuente de las ranitas, en los cajones de los boleritos, en los árboles trespeleques, un palito nomás subiendo al cielo, en el señor de los toques, en las arrugas de los viejos, en las piernas de los jóvenes.

De la calle fui al periodismo y gracias al periodismo preguntando, preguntando tuve la suerte de conocer a Tamayo, a Henry Moore, a Octavio Paz, a Borges, a Rulfo, a Miguel León Portilla, a García Márquez, a Leonora Carrington, a Rosario Castellanos, a Dolores del Río, a Cortázar, a André Malraux, a Nadine Gordimer, a Susan Sontag, a Carlos Fuentes y nunca nadie tuvo mejores maestros. Durante el primer año, hice trescientas sesenta y cinco entrevistas. Aún recuerdo la alegría en los ojos de Octavio Paz.

Carlos Fuentes me advirtíó: "Tu, pony, tienes vocación al fracaso". Fui discípula de Fernando Benítez, de Gastón García Cantú, de Jaime García Terrés, de Edmundo Valadés, de Carlos Monsiváis, de José Emilio Pacheco, de Vicente Rojo, los hacedores de grandes suplementos literarios. También a ellos los entrevisté y a muchos más hasta llegar a mis contemporáneos y a los más jóvenes.

A raíz de la huelga ferrocarrilera de 1958, muchos trabajadores fueron encarcelados y entré en un mundo al que pude acceder gracias al periodismo: la cárcel, los opositores políticos; no otra cosa fueron Filomeno Mata, Demetrio Vallejo, Valentín Campa y los ferrocarrileros encarcelados cuya vida descubrí tras los barrotes. De no estar presos, probablemente nunca se habrían tomado la molestia de contarme su vida y su lucha. También descubrí otro mundo, el de los homosexuales. Invitada por uno de ellos, quien escribió una obra de teatro: "El Licenciado No te apures," tuve el privilegio de acompañar a Luis Buñuel a visitar la crujía de los homosexuales. Dormían en un galerón que servía de dormitorio común y sobre cada una de las camas habían puesto una imagen de la Virgen de Guadalupe y una fotografía de ellos vestidos de mujer. El mayor, o sea el encargado de la crujía, se llamaba Ramón y le decían la Mayora o la Ramona. Les permitían vestirse de mujer y maquillarse pero ese día, como iban a tener visita, los obligaron a usar el uniforme penitenciario y a uno que no quería despintarse, le tallaron la cara con un ladrillo y la tenía toda ensangrentada. Buñuel se acercó a los barrotes y le dijo: "Hay que obedecer, hombre hay que obedecer para que no lo lastimen a usted". Repartió todos sus cigarros, preguntó por la calidad de la comida (en la cárcel como había españoles, se hacía muy buen pan.) En ese tiempo también encarcelado, a Ramón Mercader o Jacques Mornard, el asesino de Trotsky, los presos le llevaban a componer sus radios a su celda atiborrada de alambres y de fierros. Le tuve mucho horror. Buñuel quiso que comiéramos con los presos de la crujía J, la de los jotos, y como dentro de mi caldo con arroz y verduras encontré un hueso de respetables dimensiones, un preso lo tomó entre sus manos, lo talló y a las dos horas, me entregó una preciosa Virgencita de Guadalupe. Nunca pensé que diez años más tarde, en 1968, en ese mismo negro Palacio de Lecumberri visitaría a los estudiantes presos por el Movimiento Estudiantil que terminó el 2 de Octubre con la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.

A partir de 1958, les pedí a los militantes, a Dionisio Encinas, a Alberto Lumbreras, a Demetrio Vallejo que me contaran su vida. Para ellos la cárcel era algo inherente a su vida. Estaban acostumbrados al sufrimiento, a que las cosas no les salieran bien, al hambre, a la expulsión, a la huelga...creo que hasta a la muerte. Eran luchadores. Sonreían, reían con facilidad. Algunos decían que comían mejor en la cárcel que afuera. Tocaban guitarra en el corredor al solecito, contaban chistes. Los líderes mal cubiertos y peor comidos habían ido a Moscú a ver a su padrecito Stalin aunque sólo lo vieran lejísimos en alguna manifestación. Por esa visión momentánea, padecían frío, hambre, incomunicación porque los camaradas allá no hablaban español. En México, Marx no estaba traducido y uno de los fundadores del PCM, Allen fue norteamericano. (Mi madre no quería nada a Stalin ni a los rusos; decía que Stalin había llevado a su mujer al suicidio, que tenía cara de zorra y que desconfiar de los pelirrojos es una medida de seguridad.) Estos dirigentes mexicanos pedían incluso que los enterraran en su madre patria: Rusia. Eso fue lo que gritó Carrillo en el entierro de Julio Antonio Mella, el líder cubano. Los vislumbraba consumiéndose en su cajón de muertos sin una sola llorona mexicana. Fue mi primer contacto con una posibilidad de heroísmo y escuchaba incrédula sus relatos que recordaban a mis antecesores polacos que se aventaron, lanzas en mano, a galope tendido contra los tanques como lo relata Isaac Babel.

El periodismo atrapa. "Cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica" decía un machete que tenía Guillermo Haro. Le llena uno la cabeza, una trepidación interior lo pone a uno a sudar tinta. La publicación al día siguiente justifica el "ahí se va", la mediocridad. Uno sabe que un artículo no es todo lo bueno que debería ser, pero vienen las felicitaciones, el reconocimiento. A los mexicanos les gusta mucho aparecer en los periódicos, el periodista es el vehículo. Vive uno entre teclazos, invitaciones a viajes, a cenas, a ceremonias oficiales, maquinazos, solicitudes, sonrisas, aplausos, connatos de poder, y entre críticas también, cartas de insultos. La primera llegó a Excélsior; en ella me decían que era una degenerada porque los Amor eran hijos de dos hermanos. En un baile de disfraces habían hecho el amor y al quitarse el antifáz exclamaron: "Ay hermana, ay hermano." El Papa los había recibido y el apellido Amor los absolvía. Por eso la tía Pita y yo estabamos como cafeteras. Corrí a ver a la tía Carito y me dio una explicación ponderada. De Inglaterra había llegado el hermano más joven de Dolores Escandon casada con Ignacio Amor y ella que no había tenido hijos súbitamente se embarazó. Entonces las malas lenguas... Una efervescencia bullía dentro de mí día y noche no sólo por esa sangre demasiado cercana a la raza (que hace que a los perros finos les den ataques) sino porque así como la tía Pita era la reina de la noche, yo quería tragarme al día, los amaneceres y los crepúsculos, México con todos sus minutos de granada sín espoleta. Caminé siempre con dos granadas en la mano, corrí a manifestaciones y marchas, dormí hasta muy noche mirando el techo inútílmente blanco, tomé muchísimos tacos, pregunté por el precio de los jitomates para acusar a los comerciantes, recogí perros callejeros, gatos sin dueño, nunca dejé de subirme a los caballitos, miré en febrero a los papalotes cruzar el cielo de los barrios más poblados, bebí muchas aguas de colores, recé colores, azul, cúbreme por entera, morado, no pintes mis ojeras, rehilete de feria, pasé de la Primera Comunión al "Sal al balcón, hocicón" y "El pueblo unido, jamás será vencido."

En 1963 tuve, creo, el encuentro fundamental de mi vida, con Jesusa Palancares cuyo nombre real era Josefina Bórquez. Lo digo con reverencia, pienso en ella con reverencia. La amo. Le hablo dentro de mi corazón. Dentro de mi cabeza. La aman mis pechos; por ella también amo ser mujer, yo que a los quince años quería ser hombre. Jesusa me costó trabajo al principio. La fui ganando poco a poco. Empezó a contarme su vida de andariega en la revolución. La interrogué setenta y siete mil veces. Se irritaba conmigo. No entendía cómo alguien con escuela pudiera ser tan ignorante, y tan lento de "entendederas". Tenía razón. Me fue guiando. No le gustó el manuscrito final de la novela, me pidió que no le estorbara con esa chingadera y sobre todo que no fuera a ponerle su nombre. Como no tengo formación antropológica o sociológica no supe darle a mi trabajo una metodología, a pesar de haber trabajado durante un mes y medio con Oscar Lewis. Pero Oscar Lewis quería que lo acompañara a sus clases de ópera; tenía una muy buena voz de baritono y cantaba con gran entusiasmo. También se enfermaba, de gripa, del estómago, de migraña. Era bien hipocondriaco. Cuando iba a la Casa Grande en la esquina de Panaderos gritaban: "Allí viene el gringo de la grabadora." Entre tanto, Pedro Martínez, el de Tepoztlán nos esperaba. Hubiera querido escribir una introducción a "Hasta no verte Jesús mío" o que me la escribiera Alberto Beltrán junto con algún boceto de la cara de Jesusa-Jose pero Vicente Rojo prefirio dejarlo sin explicación, como prefirió dejar Querido Diego, te abraza Quiela sin los retratos reales de Angelina Beloff. Cuando Cynthia Steele quiso ver los múltiples manuscritos anteriores a la novela, regresé también a esos primeros días del amor por Jesusa-Jose. Siempre nos hablamos de usted. Entre nosotros se dió un código que jamás rompimos. Nunca pronuncié la palabra menstruación por ejemplo, porque pertenezco a la generación de mujeres que dicen:"me tumbó el burrito" o en francés: "je suis indisposée." Nunca nos referimos directamente al acto amoroso, porque las palabras coito, orgasmo, vagina, pene, vulva, no estaban en nuestro vocabulario. Nunca nos forzamos la una a la otra a nada. Jesusa influyó grandemente en mi vida porque si ella nunca le ha pedido nada a nadie, nunca he podido acercarme a los poderosos. Instintivamente guardo distancia ante el príncipe sea el de Machiavelo o el de la canción. Si ella se ha exigido mucho a sí misma, me enseñó a seguirla en el camino. Estamos aquí para servir. Estamos aquí sobre la tierra enviados por Dios y si somos malos regresaremos una y otra vez bajo distintas envolturas a purgar nuestras culpas. Jesusa decía que antes debió ser un hombre muy malo, muy borracho, muy mujeriego para sufrir como sufrió en esta última reencarnación. Yo sí quisiera regresar a la tierra porque amo la vida, quisiera poder mirar aunque fuera de lejos a los nietos de mis nietos y a los nietos de toda la gente, ver los árboles, sobre todo los pirules y los sabinos, el zócalo "donde cabe la más grande tempestad," el balcón presidencial, el mar en la costa de Oaxaca, las tortugas de Toledo, sus chapulines, el conejo que ríe, la zorra que se burla de todos nosotros. Quisiera regresar a comerme un totopo, quisiera regresar de la mano de Jesusa, jóvenes y fuertes las dos, capaces de agarrar por toda la vía. Quisiera verla fumar un Farito despacio, despacito, sosteniéndolo entre el pulgar y el índice, quisiera ofrecerle un tequila reposado, una agua serenada, un limón verde, un mole negro de Oaxaca. Ibamos a ir juntas a Salina Cruz, a Ixtepec, a Juchitán de las Mujeres pero no puse el suficiente empeño. Siento que no le hice justicia con "Hasta no verte Jesús mío", la obedecí al pie de la letra, fiel hasta la exacerbación, pendiente de cada uno de sus gestos como un enamorado. Las imágenes que tengo de ellas son lacerantes, me punzan. A partir de ella me hice muchas preguntas. Tuve la sensación de estarle robando sus palabras, y a cambio del tesoro que sin saber ponía ella entre mis manos, no poder dar su esencia. Nadie me ha dado en la tierra lo que Jesusa me brindó. Y yo sólo le quité. La literatura testimonial así es, lo llena a uno de zozobras, de inseguridades. Maneja uno materiales muy frágiles, el corazón de la gente, su nombre que es su honor, sus trabajos y sus horas. E intenta convertirlo en materia memorable.

Nunca intuí que Jesusa se volvería un personaje literario, ni preví que La Noche de Tlatelolco sería tan leída. Los libros se echan a andar solos y corren su suerte. Es ese el sortilegio de la literatura.

A través de Jesusa también amé otras mujeres, a otras Jesusas, Lilianas, Tinas, Silvias, Olgas, Alicias, Evangelinas Coronas, Victorias Munive, Neus, Celias, Rosarios, Eugenias, Rosa Marías, Raudas, y siempre he tenido junto a mi cabeza a Simone Weil aunque le repito: "Come, toma agua, aquí te paso el pan, come Simone, Simone, come, no seas tan dura, no te dejes morir." Leonora Carrington me hace muchísima ilusión. Pensar en una cita con ella, es prepararme a un encuentro en la vía láctea.

Las mujeres de mi familia compartimos una peculiaridad, la ausencia que otros llamarán inconsciencia. Nunca estamos verdaderamente allí. Biche ya grande, tenía un novio médico que daba explicaciones tediosísimas y Biche alegaba: "No lo oigo. Pienso en otra cosa". Mi madre siempre ha pensado en otra cosa. Volver a la realidad para mi madre ha de ser como meterse a sí misma en una máquina trituradora, un molino de café. Pienso que mi madre sólo pudo aceptar su sufrimiento y la muerte de su único hijo por su capacidad de evasión y sobre todo por su fe. Mi hermano estaba mejor en el cielo, quien sabe cómo le habría ido a Jan de seguir en la tierra. Envuelta en chalinas, etérea, su cuello largo y su mirada inasible, mi madre, la más bella de todas las mujeres es la que más me enamora porque nunca he podido abarcarla. Ahora cuando quiere entregárseme la devuelvo a su nicho. No, no, no lo hagas. La cortina se levanta con el viento y yo me tapo los ojos.

Siempre he respondido al reto, siempre he ido hacia la personalidad autoritaria, desde niña me marcó la competencia entre los pupitres gastados, la tinta morada de la escuela de gobierno en el sur de Francia, acepté sin chistar las atmósferas represivas, a pesar que dentro de mí sentía que había algo subversivo que tenía que dejar salir, una alegría al amanecer como si un sol fuera a brotarme por la boca. Pero ¿cuando? ¿cómo? Guillermo Haro era la autoridad más grande, un hombre que sabía hacerse obedecer, el de la entrega absoluta. Era también extraordinariamente certero en sus juicios, un crítico implacable. Envuelto en el aura lunar de la astrofísica, Guillermo fue el estrellero, Copérnico, Kepler, el misterio del mundo, el origen del universo, el de la vida, el que me explicaría de qué se trata, me diría a que venimos y a dónde vamos, nuestra razón de ser, la mía y la de Mane y me precipité en sus brazos como una pobre cosa más confusa que las órbitas en las que había girado, para que él tomara mi vida entre sus manos y la estrellara si se le daba la gana, la tirara desde lo alto de su telescopio, la prensara en sus placas fotográficas, la convirtiera en un puntito, una cagarruta de mosca en el cosmos, pero que Mane y yo pasáramos a ser parte de su universo. Que per-te-ne-cie-ra-mos. Otra vez pertenecer. En la formación de Mane, Guillermo tuvo una influencia definitiva. En París obtuvo Mane su doctorado de Estado con mención honorífica en física. Tuve otros dos hijos, y viví en el silencio ensordecedor de la autocensura. Siempre he ido tras de los personajes apocalípticos. Siempre he creído que si uno levanta la vista al cielo, las soluciones caen como lluvia de estrellas. En alguna ocasión a Leonora Carrington le preguntaron qué la había hecho decidirse a vivir en Nueva York. Guardó silencio un rato, luego abrió muy grandes los ojos y respondió:
--Creo que nunca he tomado una decisión en mi vida.

Al igual que a ella, las cosas simplemente me han sucedido. Vivo al ritmo de mi país y no puedo permanecer al margen. Quiero estar, quiero ser parte, quiero presenciar, quiero caminar codo a codo con él, quiero oírlo cada vez más, acunarlo, llevarlo como medalla troquelado en mi pecho. El activismo es un elemento constante en mi semana de colores aunque después deploré el no escribir "lo mío" y me angustie. La literatura de testimonio, la que evidencia hechos que necesariamente quisieran ocultarse, es parte de un país donde todo está por hacerse y tiene que documentarse. Un país, México, en cuyo proyecto colectivo estamos involucrados. Un país, México, al que he escogido voluntariamente. Una marcha con grandes mantas de peticiones me sacude siempre. Acostumbrada a ver campesinos tragados por la inmensidad del paisaje, resulta tremendo toparse con ellos de pronto a la vuelta de una esquina y oírlos de pronto manifestarse, decir este país es mío, el zócalo es de los trabajadores, no del gobierno; México insospechado, México que mira de soslayo cobra de golpe y porrazo otra dimensión.

Siguiendo el ejemplo de Revueltas, siempre quiero purgar culpas. Monsi se burla: "Y eso ¿de que sirve?." Soy propensa a la veneración. Monsi, nada. El bien siempre está fuera de mí misma, lo busco, lo anhelo, mis pensamientos corren hacia él en un movimiento de deseo, de esperanza. Monsi jamás ha sido impresionista. Analiza y saca conclusiones. Maneja ideas. Forma opinión. Lo citan. "Como dice Monsiváis..." Manejo materiales más endebles y menos memorables que las ideas: los sentimientos. Sin embargo, nos complementamos y alguna vez escribiremos un libro, juntos. Afortunadamente tenemos aún donde publicar, aunque el porcentaje de analfabetismo en nuestro país sea tan grande, escasas las librerías, altísimo para nosotros el costo de los libros y contemos con más o menos dos mil autores (habría que consultar a Gabriel Zaid) que escriben para un público de tres millones y pico. A propósito de Gabriel Zaid, su voz por teléfono es siempre ecuánime, orientadora. Jala las riendas cuando pretendo desbocarme: "No Elena, tengo entendido..." y me hace entender sus reflexiones.

A pesar de esas voces, todas las mañanas de México me levanto a la vida sin saber qué es. También a la literatura. Tampoco logro descifrar la incógnita de mi país, ni la de mis dos últimos hijos ni la de todos los hijos de toda la gente. Siempre he tenido preguntas, y no me sé, a la fecha, una sola respuesta. No las tengo. Las busco en los demás. En sus palabras, en sus actos, en la expresión de su rostro. A veces en una reunión, unos ojos encuentran los míos; es sólo un parpadeo. Amé mucho la mirada de lado, verde y amarilla, de lorito que me echaba mi padre. Mi padre era mi hijo como hoy mi hijo Mane es mi padre. Nunca supo pedir nada a nadie. Su heroísmo en México fue secreto. Nunca formó parte de coro alguno. Había que adivinarlo. Cuando mejor se expresaba era a través del piano pero a los setenta dejó de creer hasta en las notas. Cuando murió supe que estaba dentro de mí, que yo sería él, como soy mis muertos: Jesusa, papá, Jan, Guillermo, Selima Hunt quien ya no pudo más y se quitó la vida, la tonta de Alaide que se fue a morir por tonta, la architonta de Rosario. No quisiera morir sola en un cuarto de hotel y que hurgaran en mis papeles para saber quién soy. Por eso siento tanta desolación por Truman Capote, por Tennesee Williams, por Jean Genet. ¡Qué feo los encuentran, caray! ¿Qué harán Felipe y Paula? ¿Qué serán? ¿Qué hacer con esta pelota de incertidumbres que rebota en los muros de la cabeza?
Siempre me han jalado personajes como Jesusa Palancares o Josefina Bórquez, María Sabina, Juan Pérez Jolote, Demetrio Vallejo y otros mexicanos, por su sabiduría y la forma en que la imparten, con mucha paciencia, mucha prudencia, con respeto por la ignorancia del interlocutor. De que los mexicanos más pobres no merecen a su clase dirigente, es una verdad que salta a la vista. De que por cada demagogo, de que por cada orador, hay un mexicano totalmente insospechado
e imprevisible lo vemos en Víctor de la Cruz, en Francisco Toledo, en María Luisa Erreguerena autora de "El día en que Dios se metió a mi cama." en Silvia Castillejos que abre la panza de una gata con un zipper.

María Sabina quien murió hace algunos años atrajo a su humilde choza en Huautla de Jiménez, Oaxaca a sabios como Gordon Wasson y Roger Heim quienes gracias a la ceremonia de los hongos alucinantes cultivaron varias especies haciendo un nuevo descubrimiento para la ciencia al entregarle nuestra materia prima al doctor Albert Hofmann, en Suiza y Hofmann es nada menos que el descubridor del LSD. En la ceremonia con María Sabina, los hongos amargos se ingieren con chocolate, el hongo macho y el hongo mujer "la parejita", "los niños santos," "las personitas" como ella los llama, dan conocimiento y la hacen entonar cantos chamánicos que mucho tienen que ver con aquello que las mujeres sentimos que tenemos dentro cuando somos jóvenes y nadie, ni la sociedad ni el hombre nos ha mediatizado; esa fuerza explosiva con la que amanecía yo y salía a pisar el día antes de que las formas aprisionaran mi ímpetu, no, no, no, no, no hagas, no digas, no, no es lógico, no es normal, qué dirán, antes de que pudiera mecerme con María Sabina y repetir tras de ella: "Soy la mujer libro que está debajo del agua" y canturrear una y otra vez:

Porque soy el agua que mira,
Porque soy la mujer sabia en medicina,
Porque soy la mujer yerbera
Porque soy la mujer de la brisa.
Porque soy la mujer del rocío...
Vengo con mis trece chuparrosas.
Soy mujer que mira hacia adentro,
soy mujer que mira hacia adentro,
soy mujer que mira hacia adentro

soy mujer de luz,
soy mujer de luz,
soy mujer día
soy mujer que truena
soy mujer Cristo
soy mujer Jesucristo
soy mujer estrella grande
soy mujer estrella cruz,
soy mujer luna.














3 comentarios:

Ana Lucía dijo...

Precisamente por lo anterior, mAmE, precisamente porque de Espino, al menos yo, no esperaba una actitud tolerante e inteligente, pero a uno le da por creer en esos entes que supuestamente son más ilustrados y son reconocidos por su espíritu pensador y progresista. Precisamente por eso es más decepcionante la actitud de "someterse al imperio soez de la propaganda, hostil a casi todas las formas de la inteligencia", como dijo la editorial de Michael Domínguez. Porque, como agrega, "me es difícil imaginar nada más antiintelectual que un spot, pedrada lanzada para atarantar incautos, mecanismo que, al apelar al votante como un consumidor y no como un ciudadano, excita los reflejos condicionados más elementales. El spot, enérgico o plañidero, amarillo, azul o verde, se dirige a la masa, no al individuo. No todo lo que la democracia vende es bueno. Y la incursión de Poniatowska en la mercadotecnia política es tanto más desafortunada cuando se trata de una figura de la literatura mexicana que tiene los suficientes recursos literarios y periodísticos para respaldar, con imaginación y hasta con donaire, al candidato presidencial de su preferencia."
Y líder de opinión es cualquiera con un micrófono o un acceso a él, desde Jordi Rosado, Facundo, Cuauhtémoc Blanco, Javier Alatorre, Bisogno, Gloria Trevi, Britney Spears, Guadalupe Loaeza, los Cardenales católicos, o los "intelectuales", pero para ser intelectual se necesita más que un acceso a las masas.
Hay canales para expresar opiniones, hay manera de externar ideas, y mucho más si ya se cuenta con la etiqueta de intelectual, entonces ¿por qué? Tristecito, sin duda, pero así es esto de las gelatinas; unas te sorprenden, otras te desilusionan...

José Antonio dijo...

mAmE, te rifaste con ese link a mi podcast, y con todo lo que escribiste, mil gracias. Neta, de corazón. En agradecimiento LAS TRAES!!! visita mi blog para instrucciones.

PD. de nuevo mil gracias por el post, te rifaste

Vibra Positivo
Sub

Fernando dijo...

Si, ¿puede creerlo Don Mame? Seguimos sin equipo entonces será acústico; algo tenemos que hacer antes de irnos de esa escuela.

¿Por que ya no va al taller?

Cuidese, Ciao!