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lunes, julio 27, 2015

La Odisea de nuestro mar interior




A menudo partimos en nuestros adentros a librar guerras, batallas secretas que no compartimos ni con nuestros mas queridos y allegados. Quiero creer  que a todos nos sucede de vez en cuando o en momentos críticos de la vida.

La secrecia de estas batallas no se debe solo al temor de exponernos al escrutinio de los otros, hay veces incluso que estas luchas son ignoradas por nosotros mismos. Son el estrés, la rutina y el tedio los que nos obnubilan la mente. Una guerra se libra en nuestros adentros y nosotros somos ignorantes de ello, hasta que algo nuevo se introduce en el centro de nuestra alma como si fuera un caballo de Troya y todo arde. Repentinamente nos encontramos dentro de una crisis que no comtemplabamos,  para la cual no estamos preparados.

La crisis encuentra muchas formas de manifestarse como ira, cansancio, enfermedad, conflicto permanente con los que nos rodean. Pero cuando al fin llega la calma y todo parece estar en paz, viene la parte mas difícil, nos falta volver a encontrarnos.

Muchos ignoran esto ultimo, se quedan en las playas de la ciudad conquistada y no saben como emprender el viaje de vuelta a casa, nuestro mundo, nuestra Itaca ha sido olvidada por nuestro ser consciente.

Y es que en verdad regresar a uno mismo es toda una Odisea, sobretodo hoy día que los cantos de las sirenas se han multiplicado. Los medios de comunicación, las redes sociales nos hacen tan difícil  el mantenerse enfocado, el no distraernos, no engancharnos al entretenimiento fácil.  La magia de Circe y los encantos de Calipso, se disfrazan como falsas necesidades que evitan veamos lo que realmente importa.

Justo ahora yo me siento despertar dentro de una mar de calamidades que me ha mantenido alejado de mi,  quizás por mas de cuatro años. Tiempo en el cual deje sentir ese gran impulso que me llevaba a escribir en todo momento y en todo lugar, deje de disfrutar el momento aprehendido por los planes del futuro y otras ilusiones imperantes. Deje incluso de sentir el cosquilleo de la vida por mi cuerpo, la energía renovada cada mañana, los rayos de sol tan presentes aparecen como congelados en el tiempo entre las cortinas de mi recamara. No reparé mas en el viento acariciando mis sienes que ahora se llenan de canas y mis cabellos que ya no son tan fuertes y largos como lo fueron en mi primera juventud. Perdí el apetito e interés por los placeres simples que no por simples dejan de alimentar al cuerpo y el alma. También se me  extravió la libido, que en aquellos ayeres tanto me costo domar y poner a mi servicio en vez de ella servirse de mi, hoy día se ha tornado demasiado mesurada.

Despierto entonces entre estas turbulentas aguas, pero ahora con la conciencia de que viajo en mi mundo interno, que me busco y espero mientras avisto la isla deseada, yo soy Odiseo pero tambien soy Penelope. Me he tenido tanta paciencia, espero también me la hayan tenido los otros.






2 comentarios:

Tania Hernandez-Cervantes dijo...

Tu “Odisea de nuestro mar interior”, me mueve muchas aguas, corrientes de norte a sur, de este a oeste hasta formar una ola en forma de volcán que empieza a hacer ebullición. Empieza a arder, quemar, esperando el momento de estallar. Esperando… Esperando reventar, deshacerse y multiplicarse, como cuando una mujer da luz. Tras la espera, el dolor, el estallido, la vida. Tras los años, uno aprende que la espera nunca es para siempre, que tiene una fecha. Por eso sabiamente Pénelope dijo que esperaría a Odiseo hasta que su hijo se hiciera hombre. No hay sufrimiento que dure cien años y tampoco espera. Esto es así porque la vida es rebelde. Y porque llega un momento (a veces tardío) que nos damos cuenta que la vida es una, solo una. Por eso aun cuando nos anestesiamos, la fuerza de la vida nos despierta, patalea, sale a correr por los vasos sanguíneos o por los relieves lisos, rocosos y montañosos de nuestra piel para gritarnos a los cuatro vientos ¡lucha por mí! ¡meréceme! La enfermedad, la pérdida (en sus varias modalidades) de un ser querido son algunos de esos gritos, el amor por una hija o hijo. Pero hay muchos otros. El grito se hace del tamaño de la sordera. Sordera-negación. Sordera-evasión. Sordera-necedad. Un grito para todo eso junto. Uno ensordece con tanta sirena de humo. ¡Si tan solo las sirenas nos llevaran a una orilla! Pero no, solo alargan nuestro navío a la deriva en el mar.
Y es que nadie evitará que alguien se pierda en el mar (o su mar), si su destino era recorrer el mundo (su mundo). Las orillas: batallas vencidas. Las aguas calmas: miedos derrotados.
Te escribe alguien que también anda en mares, que estalla y que ya ha escuchado varios gritos -y no pequeños-

Manuel Romero dijo...

Hoy la paciencia a penas nos sirver para aguantar la espera de Odiseas limitadas a ocho o diez horas. Y los fines de semana se nos pasan intensos y fugaces como Sueños de una noche de Verano.

Gracias por enriquecer estas divagaciones homericas mi amor!Te amo!